Aurelio

October 1st, 2008

Cuentan que la siesta caía honda y silenciosa sobre la ciudad de Catamarca cuando llegó la noticia de que Marco Avellaneda había sido degollado en Metán.

El cielo de azul infinito y jazmines apantallaba el murmullo que se desparramó por el Valle, después de que un jinete llegara al galope desde Tucumán para darle la mala nueva a los Avellaneda que vivían de ese lado de las montañas.

En el relato se cuela -no se sabe si por realidad o para exorcizar la pena- que después del latrocinio, el cuerpo descabezado se levantó y anduve unos pasos. Los soldados rosistas se persignaban espantados. Así y todo, la cabeza de Marco quedó clavada en una pica para escarmiento de los vivos y humillación del muerto.

Lejos, en Tupiza, lo esperaban en vano y exiliados, la esposa, el padre y el hijo, Nicolás. El niño siguió su historia en Buenos Aires, como otras ramas familiares, y se acercó -contrastes del pensamiento liberal- a la Campaña del Desierto, el Fomento de la Inmigración, y la Reforma Universitaria.

En el Valle de Catamarca, los Avellaneda se dedicaron a: ser abogadosperiodistas, escribir panfletos libertarios, cultivar la tierra y romper un par de moldes bien. De las tres últimas categorías heredó sus vetas el abuelo Aurelio.

Pocos de sus nietos lo conocieron. Pero siempre aparece cuando hay encuentros familiares. O un padre único en contar anécdotas rememora al hombrecito cabrón y sociable, solidario y sumamente severo que todo lo hacía para que seamos tipos de bien. Que con un silbido que cruzaba el pueblo de Sumalao, advertía a los hijos que la impunidad de la siesta había terminado. Lidiaba con el río crecido y una mula asustada para llevar a su esposa, la abuela Lala, a punto de parir alguno de sus 10 hijos, al único hospital de entonces. O los correteaba  entre almácigos, indignado, porque los mayores habían dejado fuera las raíces de los plantines de lechuga.

Aurelio amaba conversar. Y responder con ingenio. Así y todo, a cuentagotas contaba su propia historia de marcas y de romper moldes.

De su orfandad apenas nacido de Adelecia, la madre quinceañera. De los desplantes cuando decidió que no quería votar más al Partido Conservador y entregarle el corazón, sí, el corazón, al peronismo del 45. De Manuel, el hijo que se murió niño. O el día que decidió casarse con Laura, la mujer mestiza de rasgos angulosos y mirada profunda que lo enamoró cuando trabajaba como doméstica.

Hoy en Sumalao hay hijos, nietos y bisnietos que siguen la tradición del pueblo y los relatos familiares. Otros tantos salieron al mundo.

Eso sí: por lejos que anden, por mares que crucen, en algún río caudaloso aparece el recuerdo contado del abuelo y su jardinera tirada por el viejo Acero (el caballo de descarte de los obrajes de los curas que Aurelio rescató). Tratando los dos de atravesar turbulencias de aguas y pobrezas para vender en la ciudad lo que la labranza conjunta les había regalado.

El chiste familiar es incuestionable: “Por más rubio o morocho que alguno sea, conversador o tímido como Lala, la sangre tira en las entradas de la frente”. 

La marca que refleja el espejo no lo desmiente. 


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