La pensión de las mujeres solitarias

August 18th, 2010


Puedo jactarme, sin ánimo de que el verbo provoque envidia alguna, de que en menos de un año fatigué no calles de los cien barrios porteños sino…pensiones.

 

Buenos Aires, así tan inmensa y bella, puede ser igual de hostil cuando de buscar un techo o símil que se le parezca más o menos confortable, con poca plata y algo de pretensión de tranquilidad.

Esto es: con baño con aspecto de baño, cama con aspecto de cama. Aire general con aspecto de algo parecido al hogar dejado, y sin cucarachas o similares que decidan compartir cenas o noches de insomnio con cierta regularidad.

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La historia de una de esas tantas mudanzas comienza después de una noche de asado maratónico en un hostel estudiantil del Centro, a pasitos del Obelisco, con personajes de todas las densidades y procedencias imaginables.

Hacía tres meses había llegado allí, escapándome de otras cucarachas que prefiero ni recordar, y le ponía ganas. Aunque me daba por apostar que esa casa había sido tugurio de la Migdal, lo que no me cerraba del todo eran los fines de semana cuando al jefe de una de las familias peruanas, de la casa tomada vecina a mi ventana, se le daba por ahogar las penas en vaya a saber qué.

Y literalmente ni el perrito se salvaba de los golpes.

La primera vez cerré la ventana después de gritar algo pero me sentí una rotunda cobarde. La segunda, fui a tocar el timbre como desaforada pero alguien me explicó que “el Ruben -sin acento- es así, ya sabes, el lunes se le pasa”. La tercera, llamé a la policía. A la cuarta, escuché que la mujer se iba con los hijos pero el perrito no dejó de aullar hasta que “el Ruben” dejó de maldecir su suerte.

Por eso, sopesando mi vouyerismo de reality no buscado, eventos (por decirles de alguna manera) varios encontrados en los baños, desapariciones forzadas de mermeladas de la heladera, lancé un SOS a mis relaciones pidiendo información sobre dónde llevar mis huesos.

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Tengo amigas aquí. Pero algunas estaban entonces más que enamoradas viviendo en mínimos departamentitos. Otras -las ganadoras de toda historia- todavía no eran propietarias. Y mis tíos se habían mudado a Rosario.

Ergo: no tenía garantías. Si quería vivir en un monoambiente debería apelar a “papá bank” para financiar los dólares del alquiler, y mis ahorros que ya estaban en rojo.

Viendo esto, un alma caritativa de las que no faltan le preguntó a la mujer que limpiaba en su oficina dónde vivía. Parece que el cuadro de situación fue bien compuesto porque esa misma noche, me pasaron el listado de teléfonos y nombres de contacto donde averiguar por una pieza “en ambientes familiares”.

Durante una semana fatigué tantos “ambientes familiares” que llegué a la conclusión de que, definitivamente, en el Vaticano están equivocados en insistir en su modelo de familia tradicional. Desde dueñas que ponían como condición no sólo que volviera a las diez de la noche, le ayude a ella “con la comida” y con el paseo del perro hasta lugares donde una luz halógena delataría más de un caso policial no resuelto.

Tampoco faltaban las primorosamente decoradas con flores de papel crepé descoloridas y cuadros de payaso que llora; toallones colgados en los muros internos de cada piso; pantuflas airéandose en las puertas de las habitaciones, y cuartos diseñados por algún precursor de Guantánamo.

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Cuando estaba debatiéndome si tomaba el cuarto vecino a un setentón que se presentó como “tenor” o quedarme en un altillo que oscilaba entre olor a sancocho de algo y a humedad de medio siglo, apareció Delfina.

 

     “¿Y de dónde tienes mis datos?”

 

Lanzó directa apenas atendió el llamado. Di las explicaciones del caso. Ella conocía a la mujer que lo

había pasado pero igual aclaró:

 

- “Bueno, mira, vení mañana por la mañana y vemos qué te parece”.

 

Me habían advertido que la mujer no aceptaba pensionistas así como así. “Las selecciona”, me aclararon. No quise indagar demasiado. Lo único que quería es que hubiera una habitación individual, que no hubiera flores de papel crepé descolorido ni pantuflas airéandose en las puertas.

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El “Hotel Familiar Santa Mónica” queda en Monserrat, a una cuadra de la Central de Policía.  En los quioscos es donde más se nota que muchos de los ancianos tienen acento gallego. Y cuando se encuentran entre ellos, en la calle, de sólo pasar por el lado uno se da cuenta que los unen travesías compartidas hacia esas cuadras donde tal vez sellaron sus paraísos personales.

Cuarto “i” de un edificio blanco, con molduras y esquinado con avenida Belgrano. Puerta pesada, de madera, de la época de cuando dicen que Argentina era potencia mundial.

Se abrió.

Delfina me miró con grandes ojos de asombro. No sé muy bien qué esperaba. Pero era la misma mirada, para mi obsesión persecutoria, que ví en tantos pares de ojos.

 

     Pasa nena, pasa”, dice.

 

Con esa frase, y apenas traspasé el umbral, ya había puesto más diez en el casillero de las

probabilidades. Ahora, me encomendaba a que no me arrancara la cabeza, de que hubiera algún lugar.

Subimos en silencio por el ascensor antiguo.

 

Ella es bajita pero fuerte. Tiene una piel hermosa, los cachetes sonrosados. Debe haber causado más de un amor en su juventud. Me mira de reojo. Me pregunta si yo había tejido ese saco. Le contesto que no. Que no sé coser ni una media.

Se ríe.

El manojo de llaves es digno de San Pedro. Primera cerradura. Segunda cerradura. Y lo más cercano a “casa” que vi en un año.

Pasillo largo en U, típico piso para pensionistas: puertita, puertita, puertita.

Con cortinas, con celosías de madera. Puertita. Baño. Puertita y ventana. Baño. Cocina. Mosaicos italianos, plantas verdes, a lo largo.

Living con sillones de los setentas, de esos gordos que por más que uno se siente en el borde irremediablemente el trasero tiende a irse para atrás.

Al lado de la pileta de lavar, espero.

Abre otra puerta y voilá! Habitación a compartir pero vacía.

Techos tan altos que hace falta una escalera para cambiar un foco. Mesitas de luz, nada de flores de papel. Roperos enormes y pesados. Madera lustrada en el piso. Nada de payasos llorando.

Mientras, Delfina me pregunta todo. Con discreción pero todo.

Los qué, los cómo, los por qué, los de dónde.

Miro. Me imagino con los ojos redondos, sopesando al vecino tenor y el altillo del sancocho.

 

- “Son todas muy buenas”, me dice sobre la vecindad inmediata.

 

Esa mañana no hay nadie. “Todas trabajan o estudian”, acota.

     “¿Cuándo puedo traer las cosas?”

 

Así llegué el sábado siguiente.

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Soy la más joven de la casa. Donde es “fun-da-men-tal cerrar bien la puerta principal con llave porque somos todas chicas solas…”, me dice desde unos anteojos de vidrio verdosos Mariela. Rubia, altísima, con rulos, cuenta que vive hace “cinco años” en esa pensión.

Llegó de Monte Caseros, “en Corrientes –explica- ¿te acordás? Ahí donde se levantó Rico…”.

La verdad, por mirar cómo cocinaba fideos y salsa en una ollita del tamaño de un vaso ni asocié de qué levante ni de qué Rico me hablaba.

 

- “Ay querida, ¿no dice Delfina que sos universitaria vos?, Rico, Aldo Rico…”, me apura.

 

El tono, y lo que me tiró sin respirar de cerrar la puerta, de las chicas solas, y del orgullo del pueblo ya me pintó que la señora tiene alma de regente.

Como todos los fines de semana, las más antiguas están en la casa. La cocina es el lugar común donde se encuentran más por necesidad que por afinidad.

Como se nota ni bien aparece Isabel, de Achiras, en Córdoba.

Trabaja como vendedora de cadenitas y productos de belleza “de calidad” en la ex Casa Cuna. Renquea de una pierna y es muy bajita, con el pelo cortísimo y los ojos delineados con celeste.

Se para en la puerta y nos mira sin decir nada.

Mariela termina de conversar.

Saca la mini olla del fuego y se va.

No habrá dado la vuelta por la U del pasillo que Isabel despacha: “Ojo con esta que se hace la jefa”.

Y comienza de nuevo la ronda de presentación.

La mía, porque hasta ahora, con las vecinas que me he cruzado, no dejan de ser “Dolores, de la pieza de allá”. “Patricia, compañera de Ana, al lado de la pieza de Dolores”. Y Mariela, “de Monte Caseros”.

Al segundo día de llegar, ya había pasado a ser parte de la novedad y con cierto halo no encasillable para el pensionis-mundis.

Había tenido la mala idea de prender un sahumerio, lo que provocó que se amontonaran un par en la cocina para preguntarle a Dolores, “que es Testigo de Jehová”, si no sería “que la chica nueva (o sea…) se estaba drogando”.

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Lo bueno de estar frente a la cocina era que las voces entraban por la banderola de mi pieza. En menos de tres días me enteré de las internas.

Y hasta de lo que decían de mí sin siquiera molestarme por aguzar el oído.

Por eso, cuando Inés –que cuidaba “dos viejitas en Barracas” y sólo comía “milanesas de soja con calabaza para mantener” la figura- golpeó a la puerta, aprendí que ese tipo de demandas eran la forma de chequear que: yo estaba dentro de la pieza; que estaba sola dentro de la pieza.

Y sobre todo, que guardaba coherencia al responder cuestiones como “¿tenés una aspirina?”, “¿y en qué estás trabajando?”, “¿y pensás volver a Catamarca?”, “¿tenés novio?”, “es de aquí o de allá?” “¿sos bautizada?”.

Cada tanto, Isabel me contaba que había vivido en Belgrano “R”; de Cacho, un marido que todavía sonreía en una foto; o me llamaba “Paula”, confundiéndome, según ella, con una sobrina.

 

Sospecho que era una hija que se rumoreaba había muerto pequeña. Alguna vez Isabel lo había contado. Y cuando el viento abría las cortinas de su ventana, aparecían cuadros y fotos con sonrisas congeladas.

Cada tanto, iba a algún almuerzo en la casa de un cuñado donde jugaba con nietos de otros y volvía cansada, las ojeras grandes, silenciosa.

Se guardaba en la pieza por días, sin aparecer más que como sombra, para irse al Hospital o volver a dormir. Apenas mirando al piso. Las lágrimas amontonadas en todo el cuerpo.

 

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Con los meses, aprendí que más allá de que saliera a horas “algo inconvenientes”, Mariela me espiara desde su puerta diciéndome “¿A dónde le digo que te fuiste si tu mamá te llama?”, tenía a la dueña de la pensión de mi lado.

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Delfina había viajado en la tercera clase de un barco donde “apenas podíamos caminar de la cantidad de gente que venía”, con su hermana mayor, “pedidas por una tía porque ya no se podía entrar como antes”.

 

Nació en una aldea de Galicia, adonde no quiere volver porque “ya no es lo mismo, nena, ya no es lo mismo”. En Buenos Aires, su tía la puso a trabajar como planchadora en un taller de San Telmo adonde conoció a su marido, otro gallego “un hombre trabajador, muy bueno, muy bueno”.

 

Él trabajaba como mozo en el Alvear y por las tardes, hacía changas en un taxi. Así llegaron a comprar su primera casa en Villa Ballester, que después vendieron para instalarse en Monserrat.

A puro trabajo compraron el piso donde ahora funciona el hotel. Ella misma hace la limpieza de los espacios comunes, cuida las plantas y teje randas en mantelitos que después pone en las mesas de luz.

Los domingos va a misa a María Auxiliadora con alguno de los nietos, que sueñan con irse a vivir a Galicia. “Estos chicos no valoran este país: tan rico, tan grande que no debería tener pobres”, dice rezongona.

 

Cuando me descubre preparando mate o leyendo con la puerta apenas abierta, se acerca a conversar, como pidiendo permiso, regalándome alfajores robados a los nietos. Y así como yo tenía nostalgias de un lugar propio, ella bendicía una y mil veces “a la Argentina que es tan rica, que es tan generosa pero tan mal valorada”.

 

Las dos aprovechamos para curar curiosidades: le pregunto de su aldea, de la guerra, del viaje en barco. Ella evita hablar de eso. Seca me dice: “Eso es historia vieja, nena. Hay que pensar en este país bendito, que tus abuelos vieron grande y ahora miralo, pobrecillo”.

 

A mí me encanta su acento. Delfina se divierte con el mío.

 

Le intriga saber “que sangre tienes nena” y no sé porque rara simpatía, a mí ni me molesta ni me acompleja, como sucedía antes de tantas cosas.

Le cuento el discurso del “cóctel, la mezcla” que me aprendí hace años. Se ríe. Me pellizca un cachete, levanta su plumero, y sale hacia la U del pasillo.

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Cuando anuncié que me iba, Delfina me dijo: “Siempre rezo por tí que estás taaaan lejos de los tuyos. Vas a tener suerte en la vida, nena, vas a tenerla. Y si consigues un hombre bueno, tanto mejor”.

Salí con la mochila y la valija con rueditas dando vueltas por el pasillo. Entraba una mujer que era de Perú.

Mariela la acompañaba contándole que su prometido – “un gringo hermoso”- se había matado “el día antes del casamiento en un accidente en la ruta antes de llegar a Monte Caseros. Pero seguro vos no sabés que ahí…”.

 

Me doy vuelta para cerrar la puerta riéndome de pensar por dónde andaría Delfina rezándole al “hombre bueno” para “que me encuentre”; y jurándome tener cierta lucidez para no quedarme en los círculos eternos de amores muertos pre-casorios o Cachos y Paulas perdidos y congelados en fotos.

 

Echo una última mirada al pasillo de plantas y enredaderas.

Y me despido, como máxima surrealista, del cartelito cuarentoso en blanco y azul que sentencia: “Prohibido escupir en el suelo”.


One Response to “La pensión de las mujeres solitarias”

  1. ella on October 30, 2010 11:47 am

    Sencillo y vibrante relato de un tramo de vida, en la gran ciudad.MUY BUENO !!

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