y aparte

July 12th, 2010

de alguna manera, hay que exorcizar la pena que no es una pena más ni duele como duelen las honduras del desamor o el desencanto.

esta triza el alma. la desarma y se queda clavada en una hondura que sabemos, nos va a acompañar siempre. Eso sí: quizás atenuada, quizás menos doliente pero con la permanencia innegable que dejan las marcas de las ausencias que son ciertas. No las de los adioses porque los caminos se descruzan o nunca terminaron de cruzarse.

el alma se triza porque el camino, ese camino, dejó de estar tangible al lado del nuestro. Tangible en abrazos, voces y cariños. Pero imperecedero cada vez que el corazón lata fuerte por su nombre, una música, una copla o el simple olor de la viruta de la madera recién cortada.

aún así, esa presencia inmortal se multiplica y vuelve suave añoranza (alma trizada) cuando en sueños se aparezca de nuevo la voz querida. Cuando cualquier aroma a jarilla o a poleo traiga de golpe, sin quererlo, los años de gloria de cuando el mundo era brillante y esos amores incondicionales, eran fuertes, todopoderosos, inmortales.


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