bondiolita

October 24th, 2009


debo confesar que fue la segunda vez en mi cuasinómada vida que me sentía así de enamorada.

todo él era un adonis. Que además, podía tener en su heladera mil variantes de helados artesanales que sólo se compraban en un rincón donde Callao se funde con alguna otra calle que en este preciso momento, no recuerdo.

siempre había un abocado vino (tinto). Nada de esos que dejan el paladar con acidez metálica antes que bouquet de moras, amaderado de toneles o vaya a saberse cuántas combinaciones más allá de simple jugo de uva.

 

aunque ahora que miro hacia atrás, todo encanto comenzó  a evaporarse la vez que al señorito de nueces picán, dátiles turcos y queso de cabra se le ocurrió parar en un carrito de la Costanera.

domingo de verano. Bicicleteada paradisíaca que sin más, fue atravesada por el antojo que le pintó al hombre por los sanguchones que en fila, engullía un grupo ruidoso y cervecero.  Recién llegados de jugar algún picado que no era más que pretexto para esa comilona posterior.

tirado en la silla de metal abollada y rojiza, mi adonis comenzó a dejar de serlo.  Cara de felicidad de niño, ojos chinos de alegría… y dedos grasientos por la bondiola. Sacaba la miga del pan que contenía el monumento. Con angurria que le desconocía,  echaba cucharadas de la salsa espesa, de ajos asentados en aceite verdoso, y flotantes pedacitos de pimientos verdes. 

 

“¡Qué bueno está este chiminchurri!

mientras, con el índice y el pulgar se encarnizaba en cortar la tubular venosidad que sus marmóreos dientes no podían.

“¿Querés probar?”

esa creo fue la última vez que salimos a andar en bicicleta.

y la escena de él acomodando las fetas grasientas y bamboleantes de la bondiola, sirvieron para terminar de convencerme, tiempo después, por qué debía dejar de dolerme.  Adonis, al fin y al cabo, nunca me había querido.


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